Declaración de principios
¿Qué significa la Nueva Crítica?
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El pensamiento crítico ha representado, singularmente desde la ilustración, uno de los motores del desarrollo social de occidente y un componente esencial de la democracia. Crítica, diálogo, racionalidad y poder público democrático son nociones estrechamente ligadas tanto en la teoría académica como en la práctica cotidiana. La crítica se sirve del concepto como herramienta para construir, desde los valores de justicia, libertad y verdad, imágenes racionales de futuros posibles que permitan confrontar lo dado con un proyecto político progresista. Se trata de una voluntad que quiere modificar la realidad, sí, pero siempre en función de unos principios éticos inherentes a la idea misma de razón. Esta labor de construcción ideal ha fructificado en un conjunto de conquistas sociales que forman parte de la identidad europea en cuanto conquistas históricas de la civilización occidental. En efecto, no se ha de confundir la crítica con la utopía, articulada ésta alrededor de los valores de felicidad, igualdad y fraternidad. La crítica, cuando ha sido auténtica, ha demostrado su solvencia. En cambio, la utopía ha fracasado una y otra vez generando dolor y devastación allí donde manu militari quería construir sus paraísos delirantes con mares de naranjada. Sin embargo, y a pesar de la tozuda evidencia, actualmente se puede constatar por doquier una parálisis del pensamiento crítico. El argumento del liberalismo triunfante es precisamente el fracaso de los proyectos utópicos y el alto coste humano que estos proyectos han supuesto para las sociedades que “picaron” en el anzuelo profético. La trampa de los representantes del pensamiento único está en la confusión interesada entre crítica y utopía. Sin embargo, en algo tiene razón el bando liberal, a saber: la izquierda ha sido incapaz de mirar de frente su pasado criminal, de manera que la crítica, en cuanto factor de progreso social, se ha visto atrapada por esta opacidad informativa y ética hasta hundirse en la esterilidad más absoluta.
Si traducimos lo dicho al lenguaje
de las categorías políticas, el escándalo es todavía más evidente.
El silencio de aquellos que de forma pedante y pestilente se han
autodenominado “intelectuales de izquierda”, los mismos que durante
décadas monopolizaron el prestigio de la práctica del pensar –la
idea de un intelectual de derechas se les antojaba una contradicción
en los términos, aunque ahora son más humildes y se dedican a
fusilar abiertamente las obras completas de Heidegger-, ha tenido su
costes en términos estrictamente políticos. Estos “intelectuales” (pfffff..!)
se han ido deslizando de forma subrepticia, a veces
inconscientemente, hacia el liberalismo de las realidades allí donde
el utopismo farisaico de los idealidades (por ejemplo, las loas a la
inmigración en nombre de la solidaridad y el talante multicultural)
resultaba más útil para el sistema financiero. El propio liberalismo
ha descubierto que los valores de izquierdas y la cultura utópica,
domesticada por la estética de la sociedad de consumo, puede ser
eficaz para encuadrar y regimentar a las masas en el ámbito del
mercado. Así, se ha afianzado, desde la matriz socialdemócrata, lo
que podríamos denominar la izquierda naranja, una manera de actuar y
pensar caracterizada por la gestión administrativa de los valores
utópicos al servicio de la burbuja financiera, es decir, del gran
satélite que gira alrededor de la Tierra controlando los movimientos
del hormiguero humano en beneficio de los canallas con gomina.
La sociedad de consumo ha devenido, al final, en utopía posible
y hablar de crítica ya no tiene sentido. “Ha sido el liberalismo el
que ha realizado la utopía, las cuestiones que ahora cabe discutir
son meramente técnicas, ¿por qué insistir aún en la crítica? Bla,
bla, bla”. Esta crítica pertenece, al parecer, al mundo de la
izquierda radical, es decir, de sectores políticos antidemocráticos
que representan un peligro para la convivencia en libertad...
Etcétera.
Desde una perspectiva de izquierdas, el principal problema debería reducirse, en términos estratégicos, a una reactivación del espacio público ubicado a la izquierda de la izquierda liberal, es decir, la izquierda radical. Pero este espacio se sigue definiendo marxista –o anarquista-, cosa que lo convierte en blanco muy vulnerable a las embestidas del pensamiento único. Y no se trata sólo de la incapacidad del marxismo, en todas sus versiones y sectas (marxista-leninistas, trotskystas, maoístas, independentistas, etc.) de responder a las cuestiones que plantea la sociedad posmoderna, sino también a la imposibilidad axiomática de conciliar el marxismo con los principios democráticos entendidos en un sentido amplio. Un pequeño problema que el marxismo comparte con el fascismo. Esta afirmación queda acreditada precisamente al girar la cabeza hacia el pasado histórico de los sistemas marxistas. Todavía más: se trata de la cobardía, por parte de la izquierda, a mirar de frente este pasado sin que sus ojos y su celebérrima mirada crítica, lo poco que les quede de ella a los soberbios “intelectuales” con zapatillas, porro y pañuelo palestino, queden pulverizados ante la espantosa realidad. Si se pudiera medir el grado de criminalidad, la criminalidad del marxismo superaría con creces la del nazismo. Puede afirmarse que las fechorías de la izquierda representan el mayor genocidio de la historia de la humanidad. Un holocausto, el otro, el de los vencidos, con víctimas previamente etiquetadas como “fascistas”, “enemigos del pueblo”, “contrarrevolucionarios”... Un genocidio perpetrado en prisiones, campos de concentración, psiquiátricos y otras instituciones penitenciarias bajo el control de carceleros imbuidos de mitología revolucionaria. Admitir esto y continuar con un proyecto de izquierdas es muy difícil aunque sólo sea en un plano puramente existencial y humano, pero si se quiere avanzar hacia la política real, la tarea parece cosa de titanes. Por tanto, la izquierda radical ha optado por ocultar(se) los hechos, enquistándose en un antifascismo vegetativo y en propuestas ideológicas decimonónicas carentes de todo valor político e intelectual. Es el búnker rojo, laberinto de sectas ayuno de valores superiores, encrucijada de odios y rencores infinitos, de pequeñas mezquindades doctrinarias... En esta labor de olvido y opacidad informativa donde se sacrifican todos los valores de la izquierda en nombre de una pseudo teorización y una historia literalmente putrefactas, cuentan con la complicidad pasiva del sistema financiero, el cual no quiere desacreditar unos valores que han demostrado su capacidad de movilizar a los consumidores hacia donde convenga, aunque actualmente ese “donde” se reduzca a las políticas de mercado. Por otro lado, hay razones y causas aún más delicadas que permiten comprender y explicar el impasse de la izquierda radical y su supervivencia en estado de franca descomposición orgánica. De todas estas cuestiones nos ocuparemos más adelante.
La nueva crítica tiene así como finalidad elevar a conciencia pública la necesidad de reconstruir el socialismo. Nuestro proyecto detecta de antemano dos enemigos que avanzan a la cabeza de las fuerzas del sistema. En primer lugar, la izquierda liberal, el pseudo socialismo naranja que gestiona los “valores progresistas” al servicio del dispositivo neoliberal. En segundo lugar, la izquierda radical de carácter marxista o anarquista, cubierta de podredumbre hasta las orejas e incapaz de denunciar la traición de los “reformistas” sin caer en el ridículo y la ignominia. Para decirlo brevemente, les tienen bien cogidos..., una palabra más alta que otra puede traducirse en el oportuno recordatorio del gulag. Por tanto, en términos estratégicos, el proyecto de un “ens político” (la palabra “partido” pertenece al mundo burgués) sólo podrá redundar en beneficio de los valores de justicia, libertad y verdad si redime el espacio de la izquierda marxista desde planteamientos críticos. El ataque central va dirigido contra los valores utópicos y sus consecuencias genocidas. Después, contra el marxismo en cuanto teoría/praxis irracional y criminal al servicio de la utopía y contra la izquierda radical institucionalizada en forma de pequeñas entidades sectarias, la izquierda revolucionaria actual, encubridora activa de un pasado vergonzoso. Finalmente, contra la izquierda liberal en tanto que depositaria interesada de la Mentira Profética Global, consagrada por Hollywood, que, a la postre, todos, rojos y naranjas, gestionan en conjunto, cada uno desde su atalaya, mas nunca satisfechos de las correspondientes recompensas (la izquierda “roja” sigue siendo la farisea cantera de jóvenes con pedigrí progresista para hacer carrera en las instituciones y partidos “naranjas”).
Sin embargo, nuestra labor habría fracasado si sólo sirviera para desacreditar a la izquierda burguesa marxista. Observamos con preocupación cómo avanza, tras el liberalismo y oculta muchas veces bajo máscaras institucionales democráticas que el poder económico –la sucia verdad de la doctrina liberal- ha creado o sostenido en beneficio propio, una mentalidad reaccionaria que crece en el humus de los discursos cínicos de la oligarquía política, ajena a todo principio ético y sólo preocupada por su perpetuación en el ejercicio del poder. Es un fascismo de los hechos perfectamente compatible con el antifascismo de las palabras. Mentalidad ultra sin escrúpulos de trepas y sinvergüenzas que tarde o temprano genera posturas explícitas de extrema derecha, las cuales intentan aprovecharse de las contradicciones irresolubles de la sociedad de consumo y de su carrera enloquecida hacia el agotamiento de los recursos planetarios para ir contra la democracia. Esta ultraderecha a cara descubierta existe en toda Europa y representa un verdadero peligro para las libertades. Es el hijo bastardo del sistema, su lógica postrera e inexorable. Me parece dudoso que el liberalismo, de derechas o de izquierdas, pueda detenerlo a largo plazo, pero aún menos podrá hacerlo la izquierda radical. Pensemos que el Frente Nacional de Le Pen es el partido de Francia con más voto obrero (me refiero a los obreros autóctonos, claro). Sólo este dato ya debería hacer reflexionar a la izquierda, pero la agotada institución utópica y acrítica no reacciona, permanece atrapada entre la colaboración cínica con el Hollywood antifascista y la adicción fanática y ciega a un totalitarismo que ya sólo puede farfullar sus clásicas consignas de odio desde la cama del geriátrico. Atacar abiertamente la mencionada disposición de fuerzas, ya sea con las armas de la razón, ya con las de una formación política organizada, un ens político, es el objetivo de la Nueva Crítica, y quien lo dude o quiera ver fantasmas donde no los hay muy pronto topará con sorpresas desagradables.
ENSPO
13 de enero de 2005